Apoyada en el quicio de la puerta, con los ojos cerrados y el corazón henchido.
Una lágrima furtiva recorre su rostro café, y muere en sus carnosos y oscuros labios. Lleva el pelo recogido en una coleta, aunque algunos mechones se han liberado de la asfixiante goma, rozando su mejilla. Caen estos rizos, de muñeca africana, hasta sus esbeltos hombros que tanto han sufrido. Diría que es una diosa, exótica y misteriosa; pero tantas han sido sus desgracias, que es clara su naturaleza humana.
Su piel es suave, tersa, y brillante; como la de la niña que en realidad debería ser, a sus diecinueve años. Pero ella se siente una mujer, y su figura curvilínea así lo demuestra. Con la mano derecha, una mano curtida y endurecida, acaricia su bien más preciado… y una escurridiza sonrisa aparece en su rostro. La luz la envuelve, la abraza, y se ve reflejada en su vestido blanco, que cae en cascada sobre su hermoso cuerpo. Ella no se mueve, sabe que ahora mismo sólo hay amor en su interior y quiere aprovecharlo, quiere entregar su corazón de forma incondicional. Baja la cabeza y abre los ojos, que son negros como la noche, para observar curiosa aquello que acaricia con mimo.
Son dos en una. Ella, serena, la más hermosa de las mujeres; y su niña. Dos corazones en un mismo cuerpo. Dos corazones que ya se conocen y se anhelan… La diosa africana es ahora mucho más hermosa que antes. Porque sus ojos arden enamorados, y sabe de antemano que será un amor correspondido. Su redondeada barriga la hace más feliz que nunca, y guardará siempre el recuerdo de cada roce y de cada gesto en aquellas, sus manos sufridas, que transmiten uno de los sentimientos más antiguos del mundo; su amor de madre.
Y aunque su vida no vaya a ser muy larga, así la quiero recordar siempre. En el quicio de la puerta, las dos, con sus corazones latiendo a la par, en paz y deslumbrantes.





